The Great Arboltsby

[ACLARACIÓN: Texto dedicado a mi preciosa poni (mote cariñosamente extraño que aún conservamos a los 21 años wtf)/Andrea, y escrito en la contraportada del libro “The Great Gatsby” como regalo de su cumple con un poquito de retraso, solo un poquito]

 

Hola flor del bosque, ya ni feliz cumple ni feliz navidad, ahora feliz todo. Feliz de entregarte algo viejo, extraordinario, hermoso, simple, pero con un intrincado diseño; y feliz por una vuelta más al sol.

Ante todo, no olvides cuidarlo, por favor. Te trataría como al resto de mortales, pero yo sé que tú eres especial así que abre bien los ojos y límpiate las orejas que te voy a contar la historia de cómo conseguí aquello que ahora goza de salud y alegría en tus manitas.

Esto era un sábado de septiembre, tan campante como nadie y tan soleado como ninguno, en el que me propuse ir en busca de tu presente. Me coloqué las botas de campo, la chaqueta más hortera que encontré y salí a la calle toda contentilla… pero vaaya tú la casualidad que mientras me dirigía al coche me topé con un caballo blanco que me preguntó: “¿Qué husmea, señorita?”, y yo, con total astucia y sinceridad, le contesté: “No husmeo, caballero, busco encontrar un libro querido y hacer con él un regalo amado”. Sin reprocharme subió al coche conmigo y nos dirigimos hacia el bosque de Santa Perpetua de mis Alados. Al llegar tuve que ayudar al pobre caballo a salir por la puerta del maletero y, tras conseguir sacar su culo gordo, me dispuse de nuevo en mi búsqueda. Tres días y tres noches anduve por el camino recio del bosque y tres días y tres noches el misterioso caballo conmigo estuvo. “Al menos es un tío majo”, pensaba. Y al alba cuarta fue el día deseado, al fin había encontrado el Gran Arboltsby. Vaya nombre de mierda para ser un árbol mágico todo poderosos, estarás pensando. Don’t worry. “Hooola Gran Arboltsby, traigo paz y armonía, traigo un bizcocho de maría, ¿me dejaría usted entrar en su ser?” La verdad es que mucho, lo que se dice mucho, no me había planeado la frase, pero el árbol me miró tunante y aceptó. Sin comerlo ni beberlo me vi entrando al árbol por un agujero que parecía un culo y, claro está, el caballo blanco detrás. Una vez dentro le ofrecí una cerveza por el mal trago y le pedí ayuda pues el interior, cual Tardis, era como veinte campos de trigo sarraceno y, claro, ponte tú sola a buscar el maldito libro sabes… El caballo amable me ayudó y en un plis estábamos en la sección indicada, pero… de repente el sitio se llenó de humo inesperado y nos empezamos a marear. No alcanzaba a coger tu presente, ni siquiera me mantenía en pie. Miré al caballo, me miró a mí, y nos empezamos a partir la caja. Era el maldito gran árbol mágico que le estaba dando al opio mientras estábamos dentro. Muy mágico muy real, ¡pero qué descortés!, pensamos ambos. Y sin comerlo ni beberlo y yo no sé si por el ciego o qué, le salieron alas al caballo, colorines por el cuerpo y un cuerno en espiral, me cogió, cogió tu presente y nos sacó del sitio volando hacia casita. “Flipa loco”, pensé una vez ya estirada en la cama.

Y esta es la historia, te la puedes creer o no, pero es bien cierta y si lo logras entender, entenderás lo mucho que me costó conseguir algo a la altura de la magia que desprendes.

 

 

Massagué, Z

 

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